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Milenio
¿Cuántas esperanzas caben en un milenio? Dicen muchos que somos un país joven y que no hay manera de avanzar más rápido. Que lo que tenemos es todo lo que hemos podido hacer. No hay más. Nuestras limitaciones se ven. Frente a la tecnología está la miseria. Junto al auto de lujo el limpiavidrios y el vendedor de chicles.
Al fin del milenio cientos de imágenes van y vienen. Efímeras todas, las más intensas son las que nos dan hambre de vivir. Hoy parece que todo coincide para inaugurar una nueva época. Estamos en un buen momento para pensar lo que vamos hacer y a lo que dedicaremos nuestro tiempo el próximo milenio. Reglas no hay. Los libros que enseñan cómo llegar a la felicidad desaparecen de las librerías y están de moda los que dan recetas para ser eficientes.
Y entonces vuelve la pregunta: ¿qué hacer el próximo milenio?
Si usted mañana tuviera que pintar de blanco un gran salón seguro se preguntaría por dónde empezar. Si sus dudas fueran muchas buscaría a su jefe y trataría de que él tomara la decisión. Pero si se detiene un momento a reflexionar, fácil es caer en la cuenta de que puede empezar por cualquier lado en tanto de lo que se trata es pintar todo el salón y no sólo una parte.
La vida no se vive en partes. ¿Hoy sí y mañana no? No es posible.
Hay que tomar la brocha y el bote de pintura. Empezar a pintar va marcando camino y trayectoria. Y es posible que una pared aburra y encontremos que la de enfrente resulte más divertida. Hay que buscar escaleras, nuevas brochas, más pintura (que puede ser de otros colores), trapos para limpiar y ánimo para no dejar las cosas a la mitad. La ayuda siempre es buena, la radio en la estación predilecta, el saludo matutino, la conversación para saber cómo anda el mundo hoy, el cruce de vidas, un chocolate, un helado al mediodía…
Triunfar
Quien triunfa debe celebrar. Pocas veces en
la vida se saborea el verdadero triunfo.
Triunfar no es ganar. La palabra ganar es
demasiado simple y tibia. Se aplica casi para
todo. Igual gana el abogado luego de que
aplicó una triquiñuela, que el luchador o el
futbolista que puede salir abucheado por el
público. En los toros se castiga a cojinazos al
matador que no triunfa. Cruel es la silbatiza
del público. Los que presentan espectáculos
en vivo arriesgan en cada sesión cuerpo,
futuro y autoestima. Se gana en las canicas y
en el negocio. Pero se puede triunfar
perdiendo.
El triunfo guarda una relación íntima con las
sensaciones más profundas. Es un momento
vital. Es el instante que suma toda una
trayectoria dedicada y que recibe el
reconocimiento inevitable. En el triunfo no hay
modestia. No son necesarias las ceremonias
ni los reconocimientos públicos. Las
burocracias son peligrosas porque pueden
empañar el triunfo; toda su solemnidad
puede comerse de un bocado una
celebración y convertirla en el espectáculo
más deplorable: el de la adulación sin
sentido.
El triunfo siempre se comparte. Quien lo logra
lo lleva toda la vida. Da orgullo y se muestra
en forma natural. Nada esconde el triunfo.
Quizá millones de seres humanos piensan
hoy que no les es posible triunfar. Y para
saborear el triunfo, ese que contiene ríos
caudalosos de adrenalina, lo que hacen es
sumarse a otros que sí pueden triunfar, sean
candidatos a la Presidencia, cantantes en
apogeo o directores de cine o televisión, el
caso es encontrar a alguien que aparente
hambre de triunfo.
En las novelas de caballería el protagonista
podía dar la vida por triunfar y así ser feliz
para siempre. El Quijote de Cervantes buscaba la
felicidad con el triunfo. Hoy, a más de 400
años de distancia de esas princesas y
caballeros, el triunfo sigue siendo un gran
gozo.
Quererlo no asegura que se obtenga. No hay
un camino trazado que lleve directamente a
triunfar. Es, más bien, una cuestión de
consistencia y de sumar y sumar. Está
cargado de ingenuidad. Logra gozarlo el que
pone toda su pasión por algo que con el
tiempo toma un mágico brillo propio.
Aplaudir con palabras siempre corre el riego
de caer en la cursilería. En tiempos en los
que ganar, simplemente ganar, se ha vuelto
la motivación predominante de muchos seres
humanos, cabe hoy decir que quien pierde no
es, necesariamente, quien fracasa; y que
quien gana no es, necesariamente, el que
triunfa
Optimistas
El optimismo siempre genera una sensación
de alivio. Los que las han pasado duras, en
algún momento de su vida, saben que la
impresión de no futuro y no opciones llega a
dominar el horizonte. ¿Cuál camino tomar si
no hay ni siquiera espacio para imaginarlo?
La niebla de las dificultades puede tornarse
tan espesa que no deja ver ni el propio
cuerpo.
Entonces, cuando ya nada hay delante, es
cuando aparece el optimismo siempre
vestido de humor negro. Una luz se prende.
No hay cursilerías que quepan. El melodrama
no existe. Aparece un impulso cargado de
una libertad que actúa aún en medio de los
miedos. Es el optimismo más puro.
Cristian Jofré, el director creativo de MTV, nos
comentó, fuera de la entrevista, que
desconfiaba de los optimistas. Y nos
quedamos con su afirmación varios días.
Cavilamos su desconfianza. ¿Por qué sonreír
casi sin motivo?, se preguntó. No hay muchas
razones para festejar. El mundo no anda bien
y menos América Latina. De dónde sacar
optimismo cuando la realidad nos enseña a
ser pesimistas. Jofré se autodefine como
pesismista. Dice que cuando le preguntan
por la mañana: ¿cómo estás?, le gusta
responder: mal. Y entonces su interlocutor de
inmediato entra en el juego de ¿qué te pasa?,
¿te puedo ayudar en algo?, ¿quieres un
médico?
Dando vueltas al asunto habría que
preguntarse: ¿el optimista es el que se siente
bien, o es el que desea que las cosas salgan
bien? Calificamos de optimista al que trata de
pensar que el futuro será mejor. Y es que en
el presente no hay opción para sentirse
optimista o pesimista. El presente es la cruda
realidad. No hay más. Es en el presente el
momento en el que podemos trabajar y
movernos para que lo que siga sea mejor de
lo que tenemos. El optimismo, entonces, es
el corazón de nuestras intenciones. Si el
pesimismo valiera más, ¿para qué hacer el
mínimo esfuerzo si las cosas no tienen para
dónde cambiar?
Quien maneja medios de comunicación vive
en el presente de su público o de sus
lectores. Deja imágenes, frases e ideas que
el espectador recuerda en el tiempo.
Entonces se da el juego que enfrenta el
pasado con el futuro y el presente. Tremendo
enredo que sucede en cada momento. Nunca
se resuelve. Y entonces es cuando hay que
levantar la mirada y encontrar una rendija que
nos lleve hacia adelante, porque tenemos la
mala fortuna de no poder caminar hacia atrás,
aunque haya quien se empeñe en hacerlo.
Para atrás sólo podemos llegar a revisar el
equipaje. Lo que se deja en el público, al fin
de cuentas, es una mezcla de una parte de
todo lo que somos, lo que fuimos y lo que
queremos ser. El resultado final es crudo.
Hágalo
Cerca está ya el fin del milenio. Para muchos
es un momento de revisión y toma de fuerzas
para intentar dar inicio al próximo milenio con
el pie derecho o, al menos, con cierto ánimo.
Otros prefieren ver el final del milenio como si
nada en especial sucediera. Meses más,
meses menos, la vida, consideran, es la
misma. Sus razones tendrán.
Aquí le hacemos la propuesta de que tome
usted estos últimos meses del fin del milenio
como una buena oportunidad para hacer
aquéllo que tiene pendiente desde hace un
buen tiempo, y que lo trae cargando todo el
día para un lado y para otro. Son esos
asuntos que, las más de las veces, no nos
atrevemos a decírselos a nadie, pero que
brincotean por nuestra mente, y por nuestro
cuerpo, día y noche. Son cosas que no
hemos hecho por razones que ni nosotros
mismos entendemos. Quizá porque las
esconde una ingenua pena, o porque ya
estamos enrolados en la rutina dura de la
vida y poco o nada de tiempo dedicamos a
nuestras cosas. Esas que nos hacen
sentirnos bien con nosotros mismos. Las
que pasado el tiempo nos dan orgullo. La
cuestión es aventarse, poner un poco de
audacia.
Algunos pensaran que en unos cuantos
meses poco puede realizarse. Y que lo que
no se hizo en años, menos se va a construir
en menos de 200 días. Por supuesto que no
se trata de aumentar la angustia y el estrés, ni
de construir otro Palacio Nacional. La idea es
mucho más simple y generosa: hablamos de
esas cosas sencillas de la vida que nos
hacen ser mejores personas. Proponemos
que considere la frase famosa: hágalo usted
mismo. Y este es el momento ideal porque
estamos recargando energía. Es un
momento de ruptura. Atrás el pasado, delante
el futuro; el presente es un instante. El
milenio se nos fue en un suspiro, y ahora, a
querer o no, estamos frente al espejo. Deje a
un lado todas esas ideas tontas sobre el éxito
que han inundado librerías y medios de
comunicación los últimos años, y dedíquese
un momento a su momento. Eso que le
hubiera gustado hacer, no lo guarde en el
ropero de las buenas intenciones, busque la
manera de vivirlo, de emocionarse… de sentir.
Las realizaciones personales siempre se
suman.
No es una orden, pero si puede: ¡hágalo!
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