Triunfar
Quien triunfa debe celebrar. Pocas veces en
la vida se saborea el verdadero triunfo.
Triunfar no es ganar. La palabra ganar es
demasiado simple y tibia. Se aplica casi para
todo. Igual gana el abogado luego de que
aplicó una triquiñuela, que el luchador o el
futbolista que puede salir abucheado por el
público. En los toros se castiga a cojinazos al
matador que no triunfa. Cruel es la silbatiza
del público. Los que presentan espectáculos
en vivo arriesgan en cada sesión cuerpo,
futuro y autoestima. Se gana en las canicas y
en el negocio. Pero se puede triunfar
perdiendo.
El triunfo guarda una relación íntima con las
sensaciones más profundas. Es un momento
vital. Es el instante que suma toda una
trayectoria dedicada y que recibe el
reconocimiento inevitable. En el triunfo no hay
modestia. No son necesarias las ceremonias
ni los reconocimientos públicos. Las
burocracias son peligrosas porque pueden
empañar el triunfo; toda su solemnidad
puede comerse de un bocado una
celebración y convertirla en el espectáculo
más deplorable: el de la adulación sin
sentido.
El triunfo siempre se comparte. Quien lo logra
lo lleva toda la vida. Da orgullo y se muestra
en forma natural. Nada esconde el triunfo.
Quizá millones de seres humanos piensan
hoy que no les es posible triunfar. Y para
saborear el triunfo, ese que contiene ríos
caudalosos de adrenalina, lo que hacen es
sumarse a otros que sí pueden triunfar, sean
candidatos a la Presidencia, cantantes en
apogeo o directores de cine o televisión, el
caso es encontrar a alguien que aparente
hambre de triunfo.
En las novelas de caballería el protagonista
podía dar la vida por triunfar y así ser feliz
para siempre. El Quijote de Cervantes buscaba la
felicidad con el triunfo. Hoy, a más de 400
años de distancia de esas princesas y
caballeros, el triunfo sigue siendo un gran
gozo.
Quererlo no asegura que se obtenga. No hay
un camino trazado que lleve directamente a
triunfar. Es, más bien, una cuestión de
consistencia y de sumar y sumar. Está
cargado de ingenuidad. Logra gozarlo el que
pone toda su pasión por algo que con el
tiempo toma un mágico brillo propio.
Aplaudir con palabras siempre corre el riego
de caer en la cursilería. En tiempos en los
que ganar, simplemente ganar, se ha vuelto
la motivación predominante de muchos seres
humanos, cabe hoy decir que quien pierde no
es, necesariamente, quien fracasa; y que
quien gana no es, necesariamente, el que
triunfa