Optimistas
El optimismo siempre genera una sensación
de alivio. Los que las han pasado duras, en
algún momento de su vida, saben que la
impresión de no futuro y no opciones llega a
dominar el horizonte. ¿Cuál camino tomar si
no hay ni siquiera espacio para imaginarlo?
La niebla de las dificultades puede tornarse
tan espesa que no deja ver ni el propio
cuerpo.
Entonces, cuando ya nada hay delante, es
cuando aparece el optimismo siempre
vestido de humor negro. Una luz se prende.
No hay cursilerías que quepan. El melodrama
no existe. Aparece un impulso cargado de
una libertad que actúa aún en medio de los
miedos. Es el optimismo más puro.
Cristian Jofré, el director creativo de MTV, nos
comentó, fuera de la entrevista, que
desconfiaba de los optimistas. Y nos
quedamos con su afirmación varios días.
Cavilamos su desconfianza. ¿Por qué sonreír
casi sin motivo?, se preguntó. No hay muchas
razones para festejar. El mundo no anda bien
y menos América Latina. De dónde sacar
optimismo cuando la realidad nos enseña a
ser pesimistas. Jofré se autodefine como
pesismista. Dice que cuando le preguntan
por la mañana: ¿cómo estás?, le gusta
responder: mal. Y entonces su interlocutor de
inmediato entra en el juego de ¿qué te pasa?,
¿te puedo ayudar en algo?, ¿quieres un
médico?
Dando vueltas al asunto habría que
preguntarse: ¿el optimista es el que se siente
bien, o es el que desea que las cosas salgan
bien? Calificamos de optimista al que trata de
pensar que el futuro será mejor. Y es que en
el presente no hay opción para sentirse
optimista o pesimista. El presente es la cruda
realidad. No hay más. Es en el presente el
momento en el que podemos trabajar y
movernos para que lo que siga sea mejor de
lo que tenemos. El optimismo, entonces, es
el corazón de nuestras intenciones. Si el
pesimismo valiera más, ¿para qué hacer el
mínimo esfuerzo si las cosas no tienen para
dónde cambiar?
Quien maneja medios de comunicación vive
en el presente de su público o de sus
lectores. Deja imágenes, frases e ideas que
el espectador recuerda en el tiempo.
Entonces se da el juego que enfrenta el
pasado con el futuro y el presente. Tremendo
enredo que sucede en cada momento. Nunca
se resuelve. Y entonces es cuando hay que
levantar la mirada y encontrar una rendija que
nos lleve hacia adelante, porque tenemos la
mala fortuna de no poder caminar hacia atrás,
aunque haya quien se empeñe en hacerlo.
Para atrás sólo podemos llegar a revisar el
equipaje. Lo que se deja en el público, al fin
de cuentas, es una mezcla de una parte de
todo lo que somos, lo que fuimos y lo que
queremos ser. El resultado final es crudo.