La hora
Ir de un lugar a otro siempre lleva su tiempo.
Basta leer un poco de historia mundial, nacional o
familiar para saber que la mayoría de los abuelos
de las generaciones nacidas de los cuarentas a los
setentas vieron la luz en sitios distantes a los
que ahora habitan sus nietos o sus bisnietos (que
somos nosotros). Cambiarse de lugar, ver las cosas
desde otro punto de vista, aceptar nuevas formas
de vida y entender por dónde hay que tomar el
nuevo camino, siempre es algo que se torna muy
dificultoso.
El ritmo del cambio en ocasiones semeja al de las
mulas que suben los cerros cargando bultos que
traen todo y nada. En la película Titanic los
pasajeros más ricos viajaban hasta con sus cuadros
favoritos y con baúles que ellos sólos no podían
ni mover.
Quien va de un lugar a otro quiere llevar consigo
casi todo lo que tiene, contradicción que intenta
resolver el radical cuando decide quedarse sólo
con sus recuerdos. El bracero que cruza el río
Bravo para reinventar su forma de vida, lo hace
sólo con las pertenencias que tiene puestas. Su
pasado lo impulsó hasta ahí y eso ya poco importa,
el deseo está en el futuro.
Si el 2000 es el año clave de la transición para
México, entonces cabe preguntarnos qué tanto del
pasado debemos seguir cargando para llegar al
nuevo destino.
Dicen los sicólogos que no se avanza si no se
desahoga. Es decir, para pasar a otro tema es
necesario acabar con el anterior. Si es cierto que
en México durante varias décadas se dio una
censura poco explicable, entonces podemos suponer
que hay una cantidad extraordinaria de temas que
no hemos desahogado de manera suficiente. El
asunto se torma entonces bastantante revuelto y
enredado porque necesitamos desahogar esos temas
para entrarle con todo el empuje a los nuevos. Y
ahora que vivimos el inicio de una nueva época, en
ocasiones sentimos que los viejos temas debemos
olvidarlos porque nos quitan el tiempo para
escuchar y dedicarnos a la nueva era (que muchos
dicen es la misma).
Vivimos una comedia de enredos en la que todo está
pasando al mismo tiempo. Si lo arriba anotado es
cierto, entonces los mexicanos necesitamos poner a
prueba temple, talento y buen humor para dejar
atrás al pasado, luego de asimilarlo y desahogarlo
a placer, y, al mismo tiempo, darles la bienvenida
al presente y al futuro que también requieren de
asimilación y desahogo. Llegó la hora de hablar y
decir lo que cada quien piensa y cree del pasado,
el presente y el futuro.