Derrota
Afuera del Yankee Stadium, en Nueva York,
hay una frase que dice así: cuando puedas
ver a la derrota y a la victoria como
impostores, entonces serás campeón.
En Estados Unidos cada año surge un sólo
ganador del béisbol, y compiten por el
preciado trofeo más de 20 equipos. En
España acaba de ganar el campeonato de
fútbol soccer, por primera vez en sus 94 años
de existencia, el Deportivo La Coruña.
En México se disputan dos torneos al año para
conquistar sendos campeonatos de fútbol. El
método es por eliminación; es duro. A las
Olimpiadas, cada cuatro años, asisten
cientos de deportistas de todas partes del
mundo con el deseo de llevarse alguna
medalla. Sólo unos cuantos regresan con la
presea. En la nueva democracia mexicana
hay seis partidos políticos que luchan por el
voto que los lleve a gobernar. De seis
candidatos a la presidencia sólo uno lo
conseguirá y 5 quedarán derrotados. Cientos
regresan de las Olimpiadas sin ninguna
medalla. Son miles o millones los deportistas
que cada año compiten en el mundo y que no
gana trofeo alguno. La derrota, y no la victoria,
es el hecho que más sucede en las
competencias. Y poco se habla del derrotado,
aunque es mayoría. La derrota es la que hace
grande el triunfo. Es el que pierde el que
legitima al triunfador. Y pocos dan la mano al
que resulta vencido en la contienda. Con tanto
derrotado en el mundo, quien triunfa tendría
que ser mucho más sensible y no festejar
como humillando, y menos alardear que su
triunfo lo hace único.
La nueva democracia mexicana tendrá el 3 de
julio cientos de derrotados. Tenemos 5
partidos políticos que deberán lanzar cada
uno a 300 candidatos a diputados en todo el
país. Si todos inscribieran a los candidatos a
los que tienen derecho, estarían en la
contienda un total de mil ochocientos
aspirantes a la Cámara de Diputados. De
ellos sólo trescientos obtendrán la victoria,
contra mil quinientos que regresarán a su
casa con el sabor de la derrota en los labios.
Seguramente tendrán el 3 de julio la mirada
baja y no faltará quien les critique el haber
entrado a competir si ya sabían que iban a
perder.
Al final de la batalla la frase del estadio de los
Yankees cobra sentido: más allá de la victoria
o la derrota, la aspiración es ser un campeón.
Pelear cada jugada con todo, echando por
delante la honestidad y el corazón verdadero.
Y si las reglas fueron claras, justas y se
respetaron, el derrotado deberá reconocerá
al ganador, y el ganador asumir la victoria con
toda la responsabilidad y todo el respeto.